Pocos temas generan tanto debate en pediatría y salud mental como el rol de las redes sociales en el bienestar de los adolescentes. Una revisión narrativa [1], que recopiló evidencia publicada entre 2007 y 2025 a partir de búsquedas en PubMed, Google Scholar y PsycINFO, plantea una conclusión más matizada que el alarmismo habitual: las plataformas digitales pueden actuar simultáneamente como factor de riesgo y como fuente de apoyo, dependiendo del patrón de uso, la vulnerabilidad individual y el contexto en que se produce la interacción.
Los autores identifican mecanismos de daño bien documentados: comparación social ascendente, ciberacoso, alteración del ciclo sueño-vigilia por exposición a pantallas antes de dormir y presión sobre la imagen corporal mediante contenido idealizado y filtros digitales. Sin embargo, también describen factores protectores que rara vez aparecen en la cobertura mediática: acceso a comunidades de apoyo entre pares con experiencias similares —por ejemplo, jóvenes con enfermedades crónicas o identidades minoritarias—, posibilidad de buscar información sobre salud mental en entornos donde el estigma presencial es mayor y fortalecimiento de vínculos sociales ya existentes cuando el uso digital complementa la interacción presencial. El tamaño del efecto a nivel individual es, según la revisión, modesto en términos estadísticos; no obstante, dada la magnitud poblacional del uso de estas plataformas —prácticamente universal entre adolescentes—, su impacto agregado en salud pública resulta significativo y no debe subestimarse.
Un metaanálisis complementario de 2025 [2], que sintetizó 24 estudios y 68 tamaños de efecto mediante el software R, encontró una correlación agregada significativa entre la exposición a factores de riesgo en redes sociales —como contenido relacionado con autolesión, ideación suicida o ciberacoso— y la aparición de trastornos mentales en adolescentes y adultos jóvenes. Sin embargo, la heterogeneidad fue muy alta, lo que indica que el efecto varía considerablemente según el contexto cultural, el tipo de plataforma y el perfil del usuario. Un hallazgo particularmente preocupante de este trabajo es que hasta un 40% de los adolescentes que fallecieron por suicidio había desarrollado identidades digitales centradas explícitamente en pensamientos suicidas, lo que subraya la importancia de que familias, educadores y equipos clínicos aprendan a reconocer señales tempranas en el comportamiento digital.
La recomendación que emerge con mayor consenso de la literatura no es la prohibición indiscriminada, sino la alfabetización digital activa y la supervisión centrada en cómo se usan las redes sociales —tipo de contenido consumido y calidad de las interacciones— más que únicamente en cuánto tiempo se les dedica.
Referencias:
[1] Sharma et al. Social Media and Adolescent Mental Health: A Comprehensive Narrative Review. Cureus. 2026 Feb 6;18(2):e103089. doi: 10.7759/cureus.103089
[2] Cabezas-Klinger H, Fernandez-Daza FF, Mina-Paz Y. Associations Between Social Media Use and Mental Disorders in Adolescents and Young Adults: A Systematic Review and Meta-Analysis of Recent Evidence. Behav Sci. 2025;15(11):1450. doi: 10.3390/bs15111450